El megamapa Cahill-Keyes (1975), ideado por el cartógrafo Gene Keyes en base a uno más antiguo de Bernard J.S. Cahill (1909), es uno de los intentos más logrados por obtener un mapa definitivo, sin distorsiones geográficas aberrantes.
Otra iniciativa que que busca superar a la hoy muy difundida y criticable proyección de Mercator (1569), en donde los continentes se van agrandando conforme nos alejamos de la línea ecuatorial. Si bien, al ser representaciones planas de un espacio curvo, todos los mapas mienten en mayor o menor medida, unos lo hacen más que otros.
El megamapa Cahill-Keyes es uno de los esfuerzos más serios por superar el añejo eurocentrismo que despide la geografía, una ciencia que se afianzó en mucho, gracias a la expansión colonial y el imperialismo trasatlántico.
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Fuente: Tecnología Obsoleta.
Una contribución de Kai Krause para acabar con lo que el llama “immappancy”, que podríamos traducir como “anamapismo” (en analogía con “analfabetismo”).
Como ya se ha dicho aquí, las proyecciones cartográficas más difundidas suelen mostrar al hemisferio norte con un tamaño mayor al que en realidad tiene, dadas las distorsiones que sufre la esfera al ser representada en una superficie plana.
En este ejercicio se indican cuántos países “desarrollados” o “en viás de” entrarían enteros en la superficie del enorme continente africano. La clásica proyección de Mercator suele mostrarlo con un tamaño similar a Groenlandia. Nada que ver.
Como se puede observar, algunos países europeos abarcarían apenas el norte desértico, gran parte de Asia cabría perfectamente en el centro-sur, e incluso Inglaterra podría acomodarse casi completa dentro de la isla de Madagascar.
Fuente: marilink.net.
Como bien dijo Richard Buckminster Fuller, creador del mapa Dymaxion que vemos acá arriba, en el universo no existe un “arriba-abajo”, un “izquierda-derecha” o un “norte-sur”; sino solo un “dentro-fuera” determinado por la fuerza gravitacional.
La proyección de Fuller se representa sobre un poliedro en donde tanto la proporción como la forma de los continentes sufren distorisiones mínimas, adquiriendo notables ventajas sobre las más tradicionales basadas en la de Mercator, y sobre algunas alternativas como la de Gall-Peters, ambas mentadas en este sitio con anterioridad.
E incluso la que en principio podría paracer su principal carencia es, desde mi punto de vista, una de sus mayores virtudes: el mapa no tiene una orientación “correcta”, rompe de tajo con las añejas formas de representación del espacio e invita por ello (casi que obliga) a abolir cualquier sesgo cultural de la mente del observador.
Además, puede ensamblarse y formar una figura en tres dimensiones sobre la que pueden trazarse líneas contínuas, o bien, desplegarse sobre una superficie.
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Este mapa fue proyectado por Arno Peters en respuesta al “paradigma eurocentrista” que permea las representaciones planas que hasta ahora se hacen de nuestro orbe, en donde las naciones “desarrolladas” suelen mostrarse con una proporción mayor de la que en realidad tienen, respecto a aquellas del llamado “tercer mundo”.
Hay toda una polémica entre los partidarios de la cartografía clásica, basada en la Proyección de Mercator (que data de 1569), y quienes pugnan por una renovación, entre los cuales se cuentan los afines a la llamada Proyección de Gall-Peters.
Esta última toma su nombre del cartógrafo escocés James Gall, quién trazó una primera versión en 1855, que fue luego retomada por el cineasta y activista Arno Peters, en la década de los setenta del siglo pasado.
Cualquier proyección de la esfera en una superficie plana contiene cierta distorsión. Por ejemplo en la de Mercator el tamaño de los continentes se ve exagerado en la medida que nos alejamos de la línea ecuatorial, mientras que la de Gall-Peters mantiene la proporción, aunque tiende a “estirarlos” de norte a sur.
Creo que efectivamente hace falta una nueva representación del mundo, aunque la de Gall-Peters no acaba de convencerme. Una solución que pretende subsanar los errores de ambas es el mapa Dymaxion, pero de él les hablaré en otra ocasión.