Michel Houellebecq pertenece a ese grupo de autores cínicos, escépticos y francamente pesimistas, que tanto éxito han tenido en este incio de siglo. Sus pares son James Ellroy, Cormac McCarthy y en menor medida, el gran J. M. Coetzee.
Atrás quedaron escritores como Paul Auster o Haruki Murakami, que si bien siempre han sabido crear espacios y atmósferas llenos de desolación, aún creen en la capacidad del individuo para superarlos, o en el peor de los casos, sobrellevarlos con estoicismo. Hay en ellos cierto pesimismo, pero también una buena dosis de fe.
En Houellebecq en cambio, todo se ha ido a la mierda, los dioses, las utopías, los proyectos colectivos, pero sobre todo, la capacidad del ser humano para hacer de este lugar algo mejor con su trabajo, su voluntad y su inventiva. El capítulo final de Las partículas elementales, que quizá podría tomarse como un atisbo de benevolencia para con nuestra especie, no es sino una broma, llena de sarcasmo e ironía.
Comparte con el budismo la máxima de que la vida es sufrimiento, emparenta con el agudo cinismo de E. M. Cioran, provoca y escandaliza cual Marqués de Sade. Su prosa dibuja en nuestros rostros una hilera de amargas sonrisas.
Embiste todo lo que huela, así sea ligeramente, a patraña y superchería. Es implacable con la cultura, la contracultura, el romanticismo y las ideologías llenas de buenas intenciones. En su rabia, celebra la soledad del autista.
Para Houellebecq, el hombre de genio es aquel que puede prescindir del mundo y de sí. Inmune a la abulia, afecto al desapego, generoso por momentos.